Cuando China comenzó a cambiar

China aceptó que la planificación centralizada y la supresión del mercado eran impedimentos al crecimiento.

Deng Xiaoping. El líder que cambió la economía de China. (AP)

Hace 40 años comenzaron las reformas económicas que transformaron a China y la hicieron recorrer el trayecto que va desde el atraso hasta la privilegiada situación que hoy ocupa en el concierto de naciones.

Los historiadores quizá se vean inclinados a señalar la caída del Muro de Berlín (1989) o la disolución de la Unión Soviética (1991) como los hitos decisivos que marcan el fin del experimento socialista. Pero fueron los chinos quienes percibieron antes y con mayor claridad que algo estaba fallando y que, al revés de la sentencia de Lampedusa, era necesario introducir modificaciones para que todo cambiara.

Los chinos no esperaron a que el muro que los separaba del progreso se derrumbara: lo desmontaron ellos mismos.

Tras la muerte de Mao (1976) y el encarcelamiento de la Banda de los Cuatro (1977), la figura de Deng Xiaoping ocupó un lugar central. Y su política de reformas, que le había valido rechazos y proscripciones por parte de la ortodoxia maoísta, ya no encontró obstáculos. Finalmente, China aceptó que la planificación centralizada y la supresión del mercado eran los principales impedimentos al crecimiento económico. Y a diferencia de la URSS, tomó la decisión de cambiar antes de que todo se desplomara.

Gatos que cazan ratones

La historia de la China de los últimos 40 años podría resumirse en cuatro o cinco frases que concentran a su modo un torrente de debates ideológicos, decisiones políticas y transformaciones audaces.

Ante la evidente presencia del estancamiento y la miseria, y mientras la ortodoxia socialista proclamaba con orgullo que “es mejor ser pobres bajo el socialismo que ricos bajo el capitalismo”, Deng señalaba que “la pobreza no es socialismo”. Esto significaba que de ninguna manera tenía pensado resignar el objetivo del crecimiento económico y la riqueza personal en nombre de la ideología. Si el socialismo no era capaz de asegurar esos objetivos que había planteado la revolución, entonces era preciso revisar todo.

Esa decisión está resumida en la célebre frase que se le atribuye al líder chino: “No es importante que el gato sea blanco o negro; lo importante es que cace ratones”. La búsqueda de la eficiencia desplazó los frenos ideológicos que impedían percibir las evidencias que arrojaba la realidad.

Mientras en el resto de los países socialistas las burocracias estatales –auténticas y exclusivas beneficiarias del sistema– preferían ignorar la presencia del fracaso –pues ello ponía en juego su destino personal y lo tornaba incierto–, en China la dirigencia decidió enfrentar las realidades adversas e inició un camino de transformaciones audaces.

Enriquecerse es glorioso

Encabezada por Deng Xiaoping, China no temió reformular el sistema. Comenzaron por el agro y luego lo extendieron a la industria. Implantaron la economía de mercado, la ganancia individual, los estímulos económicos. Reservaron para el Estado un férreo control político y las líneas directrices de la economía, aunque todo esto, de otro modo, también ocurre en las democracias occidentales.

En tren de proclamar herejías y provocaciones de tono elevado, Deng anunció que “enriquecerse es glorioso”. Quitó así de un plumazo la pesada loza socialista de odio a la riqueza, que frenaba culposamente cualquier atisbo de progreso individual y, en consecuencia, bloqueaba el crecimiento en todas las dimensiones.

La riqueza ya no estaba condenada al rincón de los pecados capitales. Ahora no sólo se permitía sino que también era considerada meritoria.

Con la inversión extranjera como protagonista decisiva, en un par de décadas y gracias a la economía de mercado, China se transformó en un protagonista ineludible de la economía mundial, disputándole la primacía a los Estados Unidos.

Analizar los hechos

Quizá el muro más difícil de horadar sea el de la ideología. Mao ya había dado respuesta a todos los problemas hasta el fin de los tiempos. Sus sentencias eran repetidas urbi et orbi por el pueblo y los dirigentes políticos.

Con los cambios, las antiguas ideas ya no eran útiles sino que constituían una traba colosal en la búsqueda de nuevos horizontes. Habían sido desbordadas por la realidad. Era preciso repensar todo. ¿Cómo hacerlo sin desmentir a Mao, que continuaba siendo el gran referente de la revolución?

En su extraordinario libro sobre China, Henry Kissinger relata esa difícil transición. Deng propuso “integrar teoría y práctica” y “buscar la verdad a partir de los hechos”. En otras palabras, borrón y cuenta nueva. Las transformaciones ya iban demostrando un éxito incontrastable. Sin confrontar de manera directa con las antiguas ideas, nuevos conceptos comenzaron a acompañar los cambios.

Quedan algunas incógnitas y desafíos. Quizá el más importante consista en determinar si un sistema político centralizado, al restringir las libertades individuales, es apropiado para estimular la creatividad individual, que demanda una alta cuota de libertad y que resulta indispensable para el desarrollo tecnológico y científico.

Como fuere, la gran lección de China en estas cuatro décadas ha sido la ratificación –por si hacía falta– de la importancia del mercado en la búsqueda del crecimiento económico y el desarrollo social. Un formidable ejemplo que sólo la ceguera ideológica impide percibir en toda su dimensión.

© 2020 por "Aquí y Ahora Córdoba".