La ignorada y espantosa amenaza ecológica del socialismo

La gran paradoja actual en la confluencia global de civilizaciones, es que se proponga al socialismo en sentido amplio como solución global a los impactos ambientales de la propia civilización.

La solución a la catástrofe ecológica no está en el socialismo. (Foto: Flickr)

El marxismo originalmente entendió la escasez como fenómeno social producto de la explotación capitalista, profetizando en la etapa superior del socialismo una abundancia ilimitada; asumió que los recursos serían abundantes y no escasos. En la realidad material objetiva es exactamente al revés: la escasez es un hecho económico del que únicamente nos libramos parcialmente a través de economías capitalistas de mercado y el socialismo se ha revelado como un sistema económico inviable que mientras se sostiene está signado por la escasez, improductividad, explotación y miseria.

Una posibilidad ante el choque con la realidad era una síntesis marxista maltusiana que se desdijese de alguna manera de la promesa de abundancia socialista, pero manteniendo por otras vía la profecía de inevitabilidad del triunfo socialista.

“Marx creía (…) que las clases trabajadoras se verían cada vez más empobrecidas y el creciente conflicto entre capitalista y trabajador llevaría a las situaciones de cambio revolucionario (…) una explicación de por qué ha fallado en materializarse —hasta ahora— la predicción de Marx, aparece a partir del mejor conocimiento de los procesos económicos como consecuencia de la reciente preocupación por el medio ambiente. Como apunté en The Closing Circle, ‘Una empresa que contamina el medio ambiente está por tanto viéndose subsidiada por la sociedad; en esta medida, la llamada libre empresa no es completamente privada’. También he apuntado que esta situación lleva a ‘un efecto colchón temporal de ‘deuda con la naturaleza’ representado por la degradación de medio ambiente en el conflicto entre el empresario y el asalariado, que al llegar ahora a sus límites puede revelarse en toda su crudeza…’ En este sentido la aparición de una inmensa crisis en el ecosistema puede considerarse, a su vez, como la señal de una crisis emergente en el sistema económico”, afirmó el neomarxista británico Barry Commoner.

La clave de esa síntesis es que el socialismo renuncia a prometer una capacidad de producción superior a la del capitalismo, y construye una teoría ecologista de la reducción del consumo mediante la planificación central de la distribución. Lo paradójico de eso es que equivale a justificar la apropiación estatal de los medios de producción y la planificación central de la economía como mecanismo, no de la justicia redistributiva o la supuesta superioridad racional de la planificación, sino de la imposición de un racionamiento que garantice la drástica reducción del consumo, en función de la dudosa reducción del impacto ecológico.

Es algo que hoy se predica y adelanta tanto en función del control directo como del indirecto del Estado sobre la producción. Y en una curiosa versión, en función control del indirecto de las burocracias transnacionales de organismos multilaterales, sobre los medios de producción a través del control de estados nacionales cada vez menos soberanos. Estamos ante dos problemas distintos, aunque interdependientes, de una parte están los potenciales riesgos que el impacto ambiental de una civilización pueda llegar a representar para su supervivencia. En el propio proceso civilizatorio hay factores que tienden a reducir tal impacto por debajo de un punto de quiebre y desviaciones que pueden neutralizar los anteriores y empujar a una civilización al desastre.

La gran paradoja actual en la confluencia global de civilizaciones, es que se proponga el socialismo en sentido amplio como solución global a los impactos ambientales de la propia civilización, ya que tal planificación no tiene la capacidad de solucionar problemas de tal complejidad porque lo que se propone es un sistema económico inviable en sí mismo, e incapaz de la eficiencia económica sin la que la reducción de cualquier impacto ambiental es simplemente imposible. Más allá de los diagnósticos sesgados y las predicciones falsas del ecologismo politizado, el mayor y menos discutido problema es las costosísimas políticas de planificación central a escala global están sometidas a la bien conocida inviabilidad a largo plazo del socialismo, por lo que colapsarán inevitablemente por sus propias, e irresolubles contradicciones internas.

El gran dilema es que, en la medida que sea una variante del socialismo en sentido amplio la solución propugnada por los llamados expertos y propagandistas de problemas ecológicos —independientemente del que sean problemas reales o inventados, exactos o exagerados— producto del impacto ambiental de la civilización industrial sobre el entorno, terminarán ocasionando mediante efectos no intencionados mayor daño ambiental que el que intentaban evitar o corregir.

En la medida en que el socialismo en sentido amplio como política ambiental garantiza su propio fracaso catastrófico a largo plazo, y es únicamente dentro de los mecanismos del orden espontáneo evolutivo de la civilización que pueden emerger soluciones viables a los problemas ambientales reales, el peligro del intervencionismo creciente al debilitar la capacidad adaptativa del descubrimiento en el mercado, las soluciones surgidas de mercados severamente interferidos y debilitados no alcanzaran a corregir a tiempo efectos en cascada de ciertos impactos, con lo que la humanidad se habría encerrado en un callejón sin salida.

Otra posibilidad cada vez más amenazante es que sumemos los riesgos convergentes de colapso económico, político, cultural y ecológico en un mismo tiempo y lugar —y nada menos que alguna de las grandes economías del planeta— por la voluntariosa insistencia en aplicar pseudosoluciones inviables a los problemas emergentes en cada una de dichas áreas. La escala del colapso sería tal que sus efectos alcanzarían a toda la humanidad restante. O lo que es peor, de aplicar las pseudosoluciones socialistas a escala global —lo que propugnan los socialistas de hoy y sus tontos útiles de siempre— dejaremos las ruinas de toda civilización y los cadáveres de toda la humanidad como la evidencia definitiva del que el socialismo es perfectamente capaz de generar un colapso civilizatorio de la magnitud necesaria para la extinción de la especie. Y a nadie capaz de entederlo.

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