Hay que vencer el escepticismo

El discurso del presidente Mauricio Macri en el que presentó su informe sobre el estado de la nación ante la Legislatura reflejó determinación y firmeza para revertir la actual situación. Hay que reconocer que este gobierno recibió un país colmado de dificultades y desequilibrios. Sería injusto no tener en cuenta estos condicionamientos, cuando juzgamos los resultados. Este es el momento más difícil del proceso de ajuste. No obstante, si el cambio de rumbo se sostiene con firmeza, tendremos una profunda y sustentable transformación. Nuevos conceptos y paradigmas se han instalado en el país, dejando atrás el conjunto de desatinos que ocasionaron la decadencia argentina de los últimos 70 años.

En su primera etapa, el Gobierno apostó a la confianza que generaría el cambio de rumbo. Confió en que surgirían condiciones suficientes para poder doblegar de manera gradual y menos traumática los déficits y el proceso inflacionario. Una decisión socialmente prudente, que despertó el apoyo de la sociedad. Sin embargo, el gradualismo fracasó, el mercado no lo convalidó. Con la liviandad de juzgar resultados del gobierno ya generados, podríamos afirmar que se subestimaron la velocidad y la profundidad con que se debían introducir las correcciones necesarias para extirpar el enorme desequilibrio heredado en las cuentas públicas. Acorralado por esa frustración, pero también por la presión de los mercados, e incluso temeroso de que la economía pudiera caer en hiperinflación, el Gobierno eligió con firmeza y convicción un ajuste ortodoxo, basado en una férrea disciplina fiscal y monetaria.

La primera etapa del plan funcionó. El tipo de cambio fue controlado, la inflación comenzó a declinar y por añadidura la tasa de interés. A su vez, el endeudamiento del Banco Central disminuyó con la devaluación y se tornó más controlable con la introducción de los nuevos títulos Leliq. El apoyo del FMI fue decisivo para poder ejecutar este proceso de manera ordenada. Este plan de control monetario consiste en un celoso y permanente monitoreo sobre el valor del dólar, la inflación y el crecimiento, donde la tasa de interés se utiliza para conseguir el difícil equilibrio. La Reserva Federal de los EE.UU. y los bancos centrales de los países desarrollados usan idéntica política para mantener la estabilidad.

Sin embargo, los países que vienen conviviendo con alta inflación y fuerte cultura inflacionaria como la Argentina deben ser pacientes. Los márgenes son más acotados y su evolución presentará durante un tiempo mayor volatilidad; las intervenciones con oscilaciones en la tasa de interés serán recurrentes hasta conseguir el equilibrio.

El control monetario es duro, porque genera el necesario enfriamiento de la economía para controlar la inflación, pero es solo la primera etapa. Como segunda instancia, hay que resolver las aún pendientes reformas laboral, previsional y fiscal, junto con la reestructuración del tamaño de los Estados provinciales, municipales y nacional. Puede ser entendible su postergación previa a las elecciones, pero después resultarán imprescindibles. Porque representan el obstáculo para lograr la reducción del gasto público, impiden la competitividad, el dinamismo del sector privado y comprometen el actual proceso de estabilización.

En cambio, la concreción de las reformas, permitirá que la estructura productiva pueda asumir la gradual e inevitable apertura de la economía que caracteriza a un país moderno, eficiente e integrado al mundo. Con este gran desafío por delante, el Gobierno deberá mejorar la comunicación de su política. Transmitir con claridad sus convicciones y conseguir así un cambio en las expectativas de la sociedad, determinantes para lograr confianza y poder vencer el escepticismo predominante. La tarea no se presenta sencilla. Hay que doblegar con firmeza grupos de poder muy arraigados que están decididos a entorpecer el proceso de cambio para no perder sus privilegios y prebendas. Presienten que una economía estructurada sobre la libertad, la integración al mundo, el libre mercado y la estabilidad no convalidará sus insostenibles privilegios ni es compatible con ellos.

Para concluir, es importante que la sociedad entienda y apoye este proceso de cambio. Aunque lamentablemente conspiran contra ello dirigentes políticos e importantes comunicadores, que dan muestras de una gran confusión conceptual. Sus mensajes son contradictorios y cuando opinan en los distintos medios, son incapaces de proponer alguna alternativa sensata y consistente. Les cuesta entender a estos influyentes círculos que la inflación solo podrá doblegarse con el enfriamiento de la economía, del gasto público y un severo control de los déficits. Los estímulos artificiales nos llevarían otra vez a una inexorable hiperinflación. Con cierta ironía, podríamos afirmar que la crisis actual no es el problema, por el contrario, es parte de la solución.

Debemos valorar la actitud del Gobierno al mantener este severo plan de ajuste en un año electoral. Esperemos que el cambio cultural iniciado permita que sea aceptado y comprendido por encima de las políticas del pasado, cuando el dispendio de los recursos del país se había constituido en un instrumento de construcción política y electoral.

*Contador público, empresario, presidente de la Bolsa de Comercio de Córdoba

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