Qué hay detrás de un mentiroso compulsivo

La personalidad del mentiroso evidencia fallas y daños estructurales. Es frecuente que la causa de las mentiras resida en una baja autoestima.

PREGUNTA - Muchas veces conversando o contando algo a alguien me tiento y empiezo a mentir. No son grandes mentiras sino alteraciones de lo que realmente ocurrió. Aunque no tengo muy claro por qué lo hago, casi nunca puedo evitarlo. ¿Es grave? Gracias.

Mariana R.L., Vicente López

Las razones por las que una persona puede llegar a mentir suelen ser de lo más variadas, y siempre son subjetivas y personales, lo que supone que no hay un patrón universal y que cada individuo puede hacerlo por motivos que otros pueden no llegar a comprender. Sin embargo, suele haber objetivos comunes a buena parte de los mentirosos: la necesidad de “quedar bien”, alcanzar un objetivo que se propusieron internamente o lograr algún beneficio que, suponen, con la verdad no podrían obtener. Incluso, dar una imagen de sí mismos más benévola o efectiva, a fines de sacar ventaja.

Es cierto que no existe aquel que no haya caído alguna vez en la tentación o la necesidad de mentir, aunque esto debe diferenciarse de la compulsión que sufren quienes recurren a la mentira de manera casi automática para sentir que tienen el “control” de determinada situación.

La Real Academia Española define a la mentira como “expresión o manifestación contraria a lo que se sabe, se cree o se piensa”. Allí está, implícita, la voluntad de manipulación.

Cuando se habla de “mentiras piadosas”, es decir, aquellas alteraciones de un relato destinadas a que el otro “no sufra” o “sufra menos”, la intención puede ser válida, pero también apunta a dosificar la información –en función de una causa– y, en ese sentido, mantener el dominio sobre lo que se comunica y lo que no.

Vale aclarar que, sobre todo en la infancia, la verdad es imprescindible para un desarrollo psicológico saludable: siempre que el chico pueda procesarla, y le sea comunicada de manera cuidadosa, ésta le servirá para saber qué esperar de quienes lo rodean y de la propia realidad, e ir generando los recursos internos que le permitirán crecer y madurar. En este sentido es que la verdad puede definirse como un “nutriente” necesario para su salud mental.

Aquellos que no pueden evitar mentir –lo hacen de manera reiterada y casi compulsiva– recaen en una conducta patológica que es necesario atender: se llama mitomanía.

El mentiroso cree que domina o tiene el poder de hacerle daño al otro y puede llegar a sentir placer (registra un aumento de la adrenalina), pero también se convierte en una víctima de su acción.

Además, la personalidad del mentiroso evidencia fallas y daños estructurales: es frecuente que la causa de base de las mentiras resida en una baja autoestima y un dolor psíquico que se intenta disimular al mentir. Mediante esa forma de actuar, el mentiroso aspira a un lugar de reconocimiento en su entorno vincular que siente que, de otra forma, no podría obtener.

Ese es el drama íntimo que se esconde detrás de una acción que solo en apariencia, le da poder y termina condenándolo a habitar una suerte de “personaje”, que no es él mismo sino ese otro que se empeña en mostrar. Pero incluso cuando lo logra se siente desvalorizado, porque percibe que las valoraciones y halagos no se corresponden con su verdadero yo, sino con esa otra imagen con la que ha querido impresionar.

¿Es grave mentir compulsivamente? Sí, lo es. La mentira es un mecanismo de defensa con el que se aspira inconscientemente a amortiguar frustraciones y dolores o a llamar la atención, pero que terminan potenciando el sufrimiento.

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