Y si en lugar de apostar por el dólar apostamos por el país

Le pido el café al mozo y me quedo mirando por la amplia ventana de la confitería que da a una calle del centro porteño por donde pasan cientos y cientos de personas cada hora. Les veo los rostros tristes o crispados. Hago una mínima estadística para mí y descubro que después de contar treinta y siete personas, dos pasan riéndose, solo dos.

Llega el mozo, pone el pocillo en la mesa y me dice con el ceño fruncido: "Vio, otra vez el dólar disparado, así no hay quien aguante" Lo miro y le pregunto "¿Usted debe ser un ahorrista importante en divisa extranjera?" "¡Qué va!, yo apenas llego a fin de mes con propinas incluidas" me contesta y se va.

Y entonces dudo sobre el por qué este tipo está tan preocupado por el precio del dólar y la duda se despeja muy rápido: porque casi ni nos damos cuenta que tenemos una moneda nacional y crecimos pensando y pasando a dólares hasta el precio del kilo de tomates.

En estos días de furia financiera, de rebotes que llegan de afuera y como si fuera una onda expansiva sacuden el mercado interno, anuncian profecías y calamidades en lo político, lo económico y lo social. Incluso hasta los hombres públicos de cierta notoriedad se arriesgan a descalificar groseramente y aseguran en el exterior que el presidente "es un muerto" cuando la historia los cuenta como zombies militantes disfrazados de arrepentidos. Somos un poquito más de cuarenta millones los argentinos, ¿sacaron ustedes la cuenta de cuántos de todos ellos tienen relación directa con el dólar?

Los menos, les aseguro que una minoría muy calificada porque el resto vive de su trabajo con sueldo exiguo o de la dádiva del Estado. Usted me puede decir que un aumento en la cotización del dólar puede repercutir en la suba de precios de los servicios, los combustibles y otras yerbas y tiene razón, pero cuando además el tema no depende exclusivamente de nuestros sistema financiero sino que son rebotes que llegan del mundo que controla la economía, será inútil desesperar por algo que no podemos cambiar. Mientras veo pasar a la gente cada día más gris, como si se hubieran puesto la ropa comprada en el outlet de la desesperanza, me gustaría decirle uno por uno que queramos a nuestro país, que confiemos en él (no en los gobiernos, en el país), veamos el lado positivo de nuestra tierra que este año le va dejar a la arcas de la nación nada menos que 290.000 millones de pesos solo en materia de retenciones de los productos agrarios. Superamos sequías, inundaciones, superamos líderes enfermizos o inútiles, pudimos salir de una dictadura y avanzamos, aunque muy lentamente, por el camino de la consolidación democrática. Y cuando digo "confiar y querer al país" no paso ni cerca de alguna teoría nacionalista caduca sino de los sencillos sentimientos, esos que usamos para con nuestros seres queridos, los que nos hacen sentir bien y nos arrancan sonrisas cuando son traducidos por quienes los reciben. Que el dólar vaya por donde vaya y que de él se ocupen los responsables de encauzar las cosas, pero nosotros, los ciudadanos de a pie, los "comunes", pensemos menos en el billete norteamericano y más en ayudar a que el país salga del pozo donde estamos caídos desde más de treinta años.

Es fácil advertir como hoy crecen con fuerza las semillas de la incertidumbre, de los miedos cruzados, de la falta de confianza en los líderes políticos, nunca hubo tantos indecisos en las encuestas preelectorales como en estos días y así andamos con cara de tristes, de preocupados y no es para menos, pero no dejemos que nos ganen la batalla los operadores del pánico con sus discursos o sus silencios.

No somos los mejores, pero estoy seguro que tampoco queremos ser los peores porque cuando podemos hacernos un lugar en el ánimo, todos decimos aquello de "tenemos un gran país lástima que" y cada uno le pone su motivo, pero coincidimos en que "somos un gran país". Que no sea solo una frase hecha sino una convicción, una meta. Nos cargan la cabeza con problemas de la macro economía que no entendemos, usan palabras técnicas donde esconden la verdad de la situación. Quiero hacer una segunda prueba, llamo al mozo y le pregunto "¿Quiere comprar dólares?", y el profesional de la bandeja y el trapo rejilla, me mira fijo y me responde: "¿Usted cree que si yo pudiera comprar dólares iba a andar con esta cara de tragedia?. Si hasta pienso que cuando llega un cliente y le tengo que decir "buen día" le estoy mintiendo".

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