Historia épica de la guerra austral

La recuperación de las islas en abril de 1982. Un buzo táctico argentino escolta a los primeros prisioneros ingleses.

El término héroe viene de los antiguos griegos. Para ellos, se trataba de un mortal que había hecho algo que trascendía el rango normal de la experiencia humana, que dejaba detrás de sí, cuando moría, una memoria inmortal, y por lo tanto era reverenciado a la par de los dioses. Muchos de estos antiguos héroes, en la mitología helénica, fueron grandes benefactores de la humanidad.

Hércules, el matador de monstruos; Esculapio, el primer médico; Dionisio, el creador de la fraternidades griegas. Pero asimismo eran llamados héroes personajes que habían cometido crímenes impensables. Edipo y Medea, por ejemplo, también eran reverenciados como dioses. Originalmente los héroes no eran necesariamente buenos, pero siempre eran sobresalientes. Ser un héroe era expandir la frontera de lo que parecía posible para un ser humano.

Actualmente es inconcebible escindir lo moral del concepto del heroísmo; sólo llamamos héroes a quienes admiramos y queremos emular. Pero la palabra sigue reteniendo esa conexión original con la posibilidad de realizar algo extraordinario.

¿Por qué necesitamos a los héroes?

Primero y principal porque nos ayudan a definir los límites de nuestras aspiraciones. Nosotros definimos nuestros ideales por los héroes que elegimos. Y nuestros ideales -cosas como el coraje, el honor, la magnanimidad- nos definen a nosotros.

Nuestros héroes son para nosotros símbolos de todas las cualidades que nos gustaría tener y todas las ambiciones que querríamos satisfacer. Una persona que elige, por ejemplo, al comando de Malvinas Horacio Losito como su héroe, va a tener un sentido muy diferente de lo que significa la excelencia humana, que aquel que escoja, digamos, al futbolista Diego Maradona. Y como los ideales a los que aspiramos influyen tanto para determinar la manera en que nos comportamos, el Estado debería tener un concreto interés en que cada persona tenga héroes reales. Sin embargo, en la Argentina, el Estado los soterra.

Cuánto mejor sería la sociedad si cada uno de nosotros, frente a los planteos y desafíos de la vida, antes de actuar nos preguntáramos: ¿Qué haría, en este caso, mi héroe? La sociedad argentina chapotea en el lodo de una resignada mediocridad porque su horizonte de posibilidades es demasiado estrecho. Y sólo los héroes pueden ayudarla a levantar más alto la vista.

Con más razón, si estos héroes aún están entre nosotros. Transcurrieron ya varias décadas desde la guerra de Malvinas que alumbró a una generación heroica, pero esos hombres siguen siendo perfectos desconocidos para la sociedad argentina. Las razones son variopintas.

LOS ARQUETIPOS

Hay que contabilizar, ¿quién puede dudarlo?, la aviesa intención de politicastros de toda laya, de impedir que los argentinos puedan inspirarse en arquetipos que eleven: una sociedad que se guíe por la vara alta de los héroes es mucho más refractaria a la manipulación y al saqueo. También se hace sentir, desde ya, la venganza de los que quieren cobrarle a los militares la derrota del terrorismo marxista en la década del 70. Y entonces meten en una misma bolsa a los responsables de hechos aberrantes, como a quienes combatieron con honor. No faltan, por otra parte, quienes entienden que reivindicar a los guerreros de Malvinas haría imposible seguir demonizando in totum a las Fuerzas Armadas, y eso podría abrirle los ojos a la sociedad de que una nación sin Ejército no puede sobrevivir. Quienes la quieren desarmada, como se encuentra ahora, consciente o inconscientemente están abonando el terreno para que en un futuro no muy lejano otros países puedan venir a rapiñar impunemente los recursos acuíferos, alimenticios, petrolíferos, territoriales que están escaseando en el mundo.

Pero también conspira contra el reconocimiento de los héroes de Malvinas, algo tan perverso, tan humano, y tan antiguo como Caín: la envidia. Los celos de muchos de sus propios camaradas de armas.

En el Ejército hasta se llegó a impartir la orden de "disciplinar" -es decir, perseguir- a los cuadros que volvían de la guerra... ¡en vez de aprender de ellos! En muchas oportunidades se los ninguneó y maltrató buscando que se fueran de la fuerza. Al tiempo que seguían imperturbables sus carreras algunos que habían temblado frente al enemigo. Toda generalización es mendaz, pero se dio un fenómeno así: el militar que no fue a Malvinas envidiaba al que fue; el que fue y arrugó, envidiaba al que fue y no arrugó; y el que fue, no arrugó, pero no trascendió, envidiaba a quien fue, no arrugó y tuvo alguna cuota de reconocimiento.

Una de tantas nefastas consecuencias de todo ello fue que, por espacio de largos años, los veteranos de Malvinas, tratados como parias por sus compatriotas, prefirieron guardar silencio sobre sus experiencias.

El gran mérito de ese gran periodista que es Héctor Rubén Simeoni radica en haber conseguido en el año 1984, cuando nadie hablaba, entrevistar a una quincena de estos protagonistas de la Guerra Austral. Es decir cuando los recuerdos aún estaban muy frescos, no difuminados ni modificados por el paso del tiempo. Además, hay testimonios recogidos con la inestimable ayuda del periodista Carlos M. Reymundo Roberts, actual prosecretario general de Redacción del diario La Nación, que hoy sería imposible conseguir. Es que algún protagonista ya ha fallecido, algún otro optó por el perfil bajo y la boca sellada y algún tercero se apartó de la visión que lo guiaba por ese entonces.

Por añadidura, una actitud imperdonable de los altos mandos militares, tras la rendición de Puerto Argentino, fue haber condecorado a determinadas personas indignas de ello, y haber desconocido a muchos héroes verdaderos. En esos casos los criterios para otorgar el galardón fueron desde el amiguismo más desvergonzado, hasta la pereza y liviandad de tomar por ciertas algunas "hazañas" que aparecieron durante la guerra en la revista Gente, probablemente el medio de prensa que más ficciones publicó por aquellos días. Los altos mandos, en algunos casos, habilitaron fábulas destinadas a tapar sus errores y claudicaciones durante el conflicto.

A CONTRACORRIENTE

Como resultado, en unos cuantos casos la Historia fue reemplazada por la historieta. Lo que el lector tendrá en este libro (*) no es, por cierto, esta última. Tendrá la Historia. Porque los mitos que ofenden el honor a la verdad son dañinos, y las condecoraciones repartidas sin mérito son traiciones. Malvinas Contrahistoria (la historia de la guerra de Malvinas a contracorriente de sus tergiversadores), además de brindar un valioso borrador para los futuros tratadistas, tiene mucha relevancia para el día de hoy. Porque estos relatos son parte de un proceso por el cual la nación que mandó a sus soldados a pelear, puede avanzar hacia una comprensión de lo que significó su sacrificio.

Sobre todo para los jóvenes, relatos como estos ayudan a desarrollar la personalidad, a formar una cosmovisión, a aclarar qué es el bien y qué es el mal, a encontrar un sentido en el camino de la vida. Y contribuyen a tomar conciencia que hubo personas extraordinarias entre nuestros compatriotas, sin lo cual no hay orgullo nacional posible.

Incuestionablemente, la guerra es lo peor de la humanidad. Y sin embargo, paradójicamente, es en la guerra donde los hombres, individualmente, muestran a menudo lo mejor de si mismos. La guerra es muchas veces el resultado de la codicia, la estupidez o el cinismo de los gobiernos (como lo fue en este caso). Pero en la guerra los hombres son a menudo bravos, leales y abnegados (como da cuenta este libro). Porque mucho más allá de los cálculos que podrían haber tenido o no Thatcher y Galtieri, a los jóvenes oficiales que hablan aquí los motivaba la limpia convicción de estar luchando por una causa justa y noble.

Este es un libro sobre lo que los hombres hacen en la guerra y lo que la guerra les hace a los hombres. Y la presente obra sobre la guerra es en realidad una obra sobre la vida. Porque la guerra es vida en el sentido más crudo. Es muerte, miedo, poder, amor, adrenalina, sacrificio, gloria, voluntad de sobrevivir.

A pesar de lo que nos quieren enseñar el History Channel y las maestras de escuela, que abundan en lugares, fechas y movimientos de tropas, lo único que importa en serio, es lo que podemos aprender de las guerras para aplicarlo a nuestras propias vidas.

Pocos libros han capturado la complejidad y el furor de la Gesta de Malvinas, como el de Héctor Rubén Simeoni. Una mirada épica, penetrante, unas historias transmitidas con enorme honestidad por un argentino que de esta manera rinde homenaje a sus guerreros olvidados. Relatos que marcan la diferencia entre la verdad y el mito, dejan ver el significado de lo que es un héroe y la esencia de la experiencia humana en la guerra. Una atrapante crónica del momento más inolvidable de la historia militar argentina del último siglo y medio. El legado de una quincena de jóvenes oficiales, muy diferentes entre si, que va a vivir por siempre.

* Malvinas contrahistoria, Ediciones Argentinidad, Buenos Aires, 2019.

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