El feminismo y sus disidentes

En el hemisferio norte abundan las figuras culturales que cuestionan los excesos de un movimiento que se presenta como imparable. La guerra contra la maternidad fue decisiva en fomentar los resquemores.

 

Casi de la noche a la mañana el feminismo logró convertirse en la ideología dominante de nuestro tiempo, el verdadero pensamiento único. Su repentina hegemonía abarca ya al antiguo Occidente cristiano y pronto, tal vez, llegue a todo el mundo, siempre siguiendo un aceitado circuito de difusión. De las universidades, transformadas en viveros de militancia, se propaga insistente a través de los medios de comunicación y la publicidad de las grandes empresas capitalistas. Los políticos lo adoptan a libro cerrado y gobiernos y legislaturas terminan por consagrarlo con fuerza de ley. Es una marea, se asegura, una revolución, una fuerza incontenible, la explicación profunda y última de la historia. Pero aun así corresponde hacer la pregunta: ¿es posible no ser feminista hoy?

La posibilidad existe. Como toda ideología, el feminismo engendró sus propias disidentes y arrepentidas en los medios intelectuales, que son los más favorables a su difusión. Y es blanco de la crítica de mujeres (también de hombres, pero el feminismo radical no admite sus voces) a las que nunca representó debido a ese mismo carácter ideológico que hoy no recibe la debida atención. He ahí un dato clave. "Una ideología no refleja lo real sino que es una forma de construir poder para rearmar lo real", recordó Paola Delbosco, doctora en Filosofía por la Universidad "La Sapienza" de Roma y profesora en la UCA y el IAE, en una conferencia reciente de Forum Espacio de Ciencia y Cultura.

 

Esta ideología tan ambiciosa como cerrada obtuvo en muy poco tiempo un grado de adhesión difícil de explicar. "Es bastante evidente que se trata de un movimiento transnacional de cambio cultural, cuya finalidad última no me es clara -confió Delbosco en entrevista por mail con La Prensa-. Podría leerse como un ulterior desarrollo de la libertad individual, lograda ignorando toda referencia a la naturaleza humana tanto biológica como social".

 

LA IRREVERENTE

El proceso de radicalización ideológica llegó a tal punto que algunas feministas hicieron carrera a partir de la disidencia. La más famosa es la más combativa: Camille Paglia. Apasionada, discutidora, irreverente, en sus libros, artículos y entrevistas accesibles en Internet esta profesora de Humanidades estadounidense condena la constante "retórica antimasculina", niega la existencia del "patriarcado", se burla de la obsesión feminista con la "violencia sexual y el aborto" y se anima a proclamar que la genialidad artística es un atributo masculino ("Las mujeres no necesitan del arte para existir", grita en un video de años atrás).

 

Más circunspecta, la filósofa Christina Hoff-Sommers, otra norteamericana, también es una disidente reconocida. Dedicó cuatro libros al tema (el más famoso es ¿Quién se robó el feminismo?, de 1994) pero son los videos del blog TheFactual Feminism los que ilustran su método: refutar con datos concretos las exageraciones, mentiras o mitos más comunes del feminismo militante, como aquel, tan repetido, de que las mujeres cobran menos que los hombres haciendo el mismo trabajo. Una iniciativa similar a la que en nuestro país lleva adelante la licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales Roxana Kreimer con su página Feminismocientífico.

 

Pareciera que en el mundo desarrollado, fuente de todos los feminismos, queda algún margen para la discusión. Meses atrás llegó a nuestro país una extensa Historia del feminismo (El Ateneo, 656 páginas), en la que la filósofa Séverine Auffret se remonta hasta Eurípides para buscar las raíces de las ideas feministas. Al tiempo que simplifica y exagera, también destaca ciertas contradicciones y sorpresas, como el "increíble fenómeno" de Santa Juana de Arco de principios del siglo XV ("se produjo algo misterioso y hay que tomar nota de ello", admite), que no siempre encajan con la denuncia ubicua del patriarcado y la opresión de la mujer. Auffret se detiene incluso a discutir el legado de Simone de Beauvoir, autora de El segundo sexo (1949), libro que suele tomarse como el punto de partida teórico del feminismo moderno.

 

Pueden citarse otros nombres. Están los de la crítica de arte Catherine Millet o la actriz Catherine Deneuve, dos entre el centenar de mujeres francesas que en 2018 levantaron la voz para rechazar los excesos del movimiento #MeToo, y antes que ellas a la ensayista Annie LeBrun. Pero sus objeciones, al igual que las de las anteriores, parten de una compartida identidad feminista. Si cuestionan, lo hacen desde posiciones liberales o progresistas, con el énfasis puesto en la libertad sexual y la autonomía personal, dos reclamos que pasan siempre por la defensa del aborto.

 

La profesora Delbosco aporta ejemplos más variados. Recuerda a Santa Edith Stein, la filósofa judía alemana y luego religiosa Carmelita, martirizada en Auschwitz en 1942, que "ya en los años "30 escribía sobre el trabajo extradoméstico de la mujer con gran audacia y sensatez"; la filósofa francesa Sylviane Agaciski, "autora de por lo menos tres libros donde aborda el tema"; la católica noruega Janne Haaland Matláry, "que apoya medidas concretas para permitir la plena integración de las madres en el mundo del trabajo, sin sacrificar la maternidad, como la integración de los padres al cuidado de los hijos", o la jurista católica estadounidense Mary Ann Glendon, quien en sus escritos "prueba que hay muchas posturas de defensa de la mujer que no implican un ataque al varón, sino una propuesta auténtica de integración y justicia".

 

Más sorprendentes, pero menos conocidas, son las intelectuales que rompieron con el feminismo como parte de un camino de conversión religiosa. Un caso relevante fue el de la historiadora norteamericana Elizabeth Fox-Genovese (1941-2007). Criada en un hogar cristiano secular y atraída por el marxismo desde su juventud, ganó renombre por sus estudios pioneros de la vida de las mujeres del sur estadounidense antes de la Guerra Civil.

 

Adhirió al feminismo desde los años "70 y llegó a ser la primera directora de un programa universitario de estudios femeninos en la Universidad de Emory. Era una intelectual progresista modelo hasta que en 1995, para conmoción de sus pares, se convirtió al catolicismo.

Su camino de conversión había empezado años antes, con las dudas que le generaba la extensión del aborto en Estados Unidos. Le llevó tiempo entender las "implicancias ominosas" de su legalización, la más importante de las cuales, escribió luego, era el hecho de que se estaba "justificando" el presunto "derecho" de una persona a quitar la vida de otra.

 

DESENCANTO

Fox-Genovese expresó su desencanto con el feminismo en dos libros aparecidos en la década de 1990 y en varios artículos divulgados ya en este siglo. Uno de ellos, publicado en 2004 en la revista católica Voices, era en parte un mea culpa por su confusión al haber simpatizado con el feminismo. No negaba que se había producido una revolución, pero con resultados funestos. El feminismo, alegaba, había enaltecido una forma extrema de individualismo que erosionó las principales instituciones sociales, empezando por la familia.

 

"Lo triste pero ineludible -subrayó- es que la revolución sexual de las mujeres -llamada adecuadamente revolución sexual- ha conducido a la desintegración de la familia, a la cosificación de las personas y al rechazo de todos los lazos que unen a los individuos". De paso, también estaba haciendo el trabajo sucio a "los nuevos gigantes económicos multinacionales" que no precisan de familias estables "porque podrían interferir con su manejo de empleados o productos".

 

El feminismo militante ha seguido profundizando esa perniciosa ruptura de los lazos sociales de la que advertía Fox-Genovese poco antes de su muerte. Más que la "igualdad" o la "liberación", su divisa pasa hoy por el conflicto y la división, y muchas veces se apoya en el odio y la demonización del varón y lo masculino. La estrategia genera vastas simpatías, pero también podría fomentar el surgimiento de nuevos focos de resistencia. Es un relato con final incierto.

 

"La liberación femenina se presenta como un logro sólo femenino, y no como una eventual mejora del mundo humano, femenino y masculino conjuntamente -alerta la profesora Delbosco-. Cuando el poder colectivo se logra marcando a un común enemigo enfrente (Ernesto Laclau dixit), si ese "enemigo" es parte de la sociedad, el resultado no es una buena sociedad. La división no trae ni justicia ni paz".

 

Extremismo antinatalista

La profesora católica Paola Delbosco (casada, madre de nueve hijos) dicta clases en dos universidades argentinas y hace tiempo se dedica a estudiar los temas de la mujer. A lo largo de su carrera no sufrió episodios de "abierta hostilidad" hacia su modo de pensar y actuar de parte de feministas radicalizadas. Al menos hasta el año pasado.

Fue durante una reunión en la Cancillería del foro femenino W-20, preparatorio del encuentro del Grupo de los Veinte (G-20). "Unas feministas militantes proaborto modificaron las recomendaciones "consensuadas" de nuestra comisión, a pesar de mi firmeza en que no iba a consensuar nada que fuera defender al aborto como derecho -recordó a La Prensa-. Cuando se leyeron las conclusiones, estás no eran las consensuadas. Frente a mi protesta, bajo la mirada de franco desprecio de las otras participantes, la coordinadora me quiso tranquilizar diciéndome que mi nombre ¡no iba a figurar!"

Un hecho que subraya la radicalización reciente de un movimiento que, al mismo tiempo, viene logrando todo lo que se propone. Delbosco señala que "ya no hay obstáculos para que las mujeres estudien y trabajen en profesiones antes consideradas para varones", y por otro lado "el afán por igualar a la mujer con el varón ha desacreditado la maternidad. Y hoy, detrás del insostenible "derecho" al aborto, también se oculta una sobrevaloración de las libertades masculinas, dado que el ejercicio de la sexualidad en el varón no incluye el embarazo".

Delbosco rechaza ese extremismo antinatalista. A su juicio "es posible desarrollar un sano y realista pensamiento que se ocupe de la mujer y de su reconocimiento pleno en sus nuevas funciones, sin desechar el extraordinario valor de la maternidad".

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