EL PAÍS INVIABLE

Argentina, sin duda, es un país inviable. Somos una subespecie con características tan particulares que si el mundo fuera un laboratorio, dominado por seres extraterrestres encargados del estudio de nuestra evolución en este hermoso planeta que tan empeñado en destruir estamos, nos ubicarían dentro de algún tubo de ensayo especial al cual colocarían en un lugar aparte de todos los otros, para abordarnos como rareza de la especie humana.

Tan buenos como malos, generosos como egoístas, inteligentes como estúpidos, con algunas características especiales como la arrogancia, la fanfarronería, el ímpetu y la holgazanería y el rebusque permanente del “chamuyo” para explicar casi cualquier cosa, aunque no sepamos absolutamente nada, el argentino promedio es absolutamente contradictorio, preclaro héroe individual de las mejores patriadas, pero un desastre inimaginable en los juegos de equipos.

Esto, claro está, se traslada y se potencia en la política. Vivimos en un salsipuedespermanente donde nadie construye para el otro, todos tratamos de construir para nosotros mismos y nuestro entorno inmediato, a su vez destruyendo cualquier legado político en virtud de los egoísmos partidarios. Argentina es un país sin políticas de Estado, es decir, aquellos proyectos institucionales que benefician a la sociedad, atraviesan los gobiernos y no son moneda de cambio de intereses espurios. Esos criterios políticos suelen tener pequeñas adaptaciones por la impronta de cada gobernante en la aplicación de las políticas públicas más importantes de un país, pero dejando inalterable el principio del interés público, nacional y colectivo; no hay que ir muy lejos para encontrar un ejemplo de ello: Chile, a pocos kilómetros de cualquier provincia argentina es un ejemplo de cómo los gobiernos se suceden y el eje principal de la política social se mantiene.

Pero hoy y desde hace no menos de 35 años, Argentina se ha transformado en un país inviable y en los últimos 20 más aún, con el agregado indeseable de un régimen como el kirchnerista que además de malgobernar, se robó todo, destruyó las instituciones, aplanó las diferencias, suprimió la moral, la ley y el orden, acható la pirámide estatal, aniquiló el esfuerzo y la dedicación, desincentivó el esfuerzo, redujo el protagonismo del capaz e incentivó la vagancia y aumentó los planesdependientes.

Si a esto le agregamos políticos improvisados, como Mauricio Macri y su equipo de notables, que metieron mano sin saber y profundizaron el caos que nos dejó la viuda en el 2015, sin duda bajamos rápidamente por un agujero de gusano donde el tiempo desaparece y permanentemente nos hace encontrarnos con el principio, lo cual es lo mismo a decir que, excepto pequeños lapsos en nuestra corta historia como país, no podemos avanzar en ningún sentido, ni social, ni político y mucho menos económico. Y como si fuera poco los que se preparan para entrar no tienen la menor idea de lo que harán con la Argentina, pero el punto es llegar al poder autorreferenciándose como refinadores, cuando en realidad son refundidores.

Ayer, partidos de izquierda, organizaciones sociales que dependen de punteros kirchneristas y “revolucionarios”, a quienes les da lo mismo salir a la calle por el FMI, Bolsonaro, Macri gato, contra el G20, Maldonado, Kosteky y Santillán, Trump, la igualdad de género o cualquier excusa la cual se desvirtúa inmediatamente como concepto de protesta o reclamación cuando se observa el propósito que encierra, transformándose en una herramienta funcional al caos que alientan los sectores interesados de echar nafta al fuego para pescar en ríos revueltos, hicieron las delicias del golpismo más recalcitrante, soñando que con un poco más de presión, el país estalla antes de octubre y los que están hoy se van en helicóptero para que puedan volver los de siempre.

En todos estos años hemos visto marchas de todo tipo, organizadas por sectores adiestrados para impedirle al trabajador, al comerciante, al profesional, al empleado común y corriente, llegar a su lugar de tareas a tiempo, en muchos casos perdiendo el presentismo o jugándose la chance de tomar un puesto tan necesario y escaso hoy en la oferta laboral de un país en crisis. Estas hordas organizadas, en realidad buscan el disturbio y sin medir consecuencias, pretenden cargarle a un gobierno débil, la fuerte responsabilidad de recuperar las calles, con costos políticos inimaginables (o si) con el cual alientan la salida apresurada, si es posible, del helicóptero desde la azotea de la casa rosada.

Nadie con obligación de trabajar y necesidad de llevar el pan a la casa, puede marchar todas las semanas con distinta excusa por las calles del centro porteño en horas pico, de mañana o de tarde, si acaso, tiene la obligación de cumplir con un horario en una fábrica, en el comercio, en una escuela o en el propio Estado.

Coincido que la mejor arma de disuasión y dispersión de estas hordas destituyentes, no es la policía, son las herramientas. “Tirale unas pala, un pico y un rastrillo y vas a ver que no queda nadie”, me repetía un amigo hace unos años, cuando aún se ponía en duda si había necesidad u oportunismo en estas salidas organizadas de partidos de izquierda y el acarreo de gente mucha de la cual no sabe para qué está ahí o son extranjeros arriados, como los de Grabois y Cia.

La metáfora cruel de mi amigo, pretendía graficar el síndrome del menor esfuerzo y complexión la trabajo de estas masas, los cuales son usados inmoralmente para fines políticos y partidarios, apoyados en el discurso de la pobreza, ítem difícil de rebatir, cuando hay un gobierno nacional que la ha aumentado considerablemente desde que asumió.

Argentina, así, es inviable. No es posible desarrollarse y crecer en medio del caos, la incertidumbre, la falta de solidaridad, de empatía y de ganas por salir adelante. Desgraciadamente los que hoy pugnan por entrar, tampoco escaparán a estas variables. El teorema de Baglini es aplicable ciento por ciento a esta situación. Hoy, luego del caos desatado por el propio kirchnerismo en tres años y medio, como Alberto Fernández se ve cercano al poder, decidió “hacer silencio” (dijo) para no interponerse en la sensibilidad de los mercados. En realidad su “moderación” es el miedo a que este desbande se lo lleve puesto junto con la jefa de la banda y su llegada al poder (de suceder) sea en verdad una piedra colgada al cuello, más que una aventura con la cual regocije su ego. Sin embargo, las huestes externas de la “oposición”, actúan invariablemente haciendo lo que saben y día a día, buscan debilitar la gobernabilidad aún en contra de su propios intereses, por cuanto tan criticable es que Macri se endeude con el FMI para sostener el tipo de cambio, como que gran parte de ese dinero haya sido volcado a través de Carolina Stanley para ampliar los subsidios de la misma gente que en gran parte, usan ese beneficio extraordinario con cargo a todos los argentinos que trabajan, para organizar estas mismas marchas las cuales atentan contra la economía y tranquilidad de los trabajadores verdaderos, quienes ayudan al país a sortear las coyunturas más difíciles y sostener los endeudamientos atroces, en momentos donde hay una sola salida: trabajar y generar conciencia de que debemos tirar todos hacia un mismo lado si no queremos seguir estancados en la historia.

© 2020 por "Aquí y Ahora Córdoba".