Argentina: ¿un Gobierno de Científicos?

Los primeros reportes medianamente creíbles por parte de países que dominaron la crisis sanitaria señalan, sin medias tintas, que lo hicieron trabajando con tecnología. De entre los casos conocidos (Singapur, Taiwán, Japón, etc) Corea del Sur se destaca por haber desarrollado herramientas digitales de capacidad exponencial, que le permitieron no encerrar nunca a toda la población ni frenar la economía.

Según un paper publicado por la ONU, Corea del Sur trabajó en 4 puntos estratégicos para lograr lo que ellos mismos denominaron “Sistema de Cuarentena inteligente”: a) intervención temprana; b) testeo representativo del universo; c) seguimiento de posibles contagios, aislamiento de población de riesgo y vigilancia de contagiados; d) obtención de ayuda de los ciudadanos.

Pero a estas directrices, el país de origen de Samsung les incorporó desarrollos de inteligencia artificial (IA) y Big Data, en consonancia con su perfil de Estado Nación vanguardia en materia de tecnología digital. Así, pusieron rápidamente en práctica los siguientes recursos:

  1. Servicio de mapas en tiempo real, que informan lugares de testeo, riesgo de contagio por zonas, y otros detalles, todos accesibles por telefonía móvil;

  2. Un chatbot para dar información precisa sobre cómo actuar en caso de tener síntomas, llamado Wisenut;

  3. Un robot con IA y procesamiento del lenguaje natural que llama a los ciudadanos que necesitan atención y se reportan al número de emergencias, cuyo nombre es Naver;

  4. Sistema de Big Data para analizar los mensajes de los medios de comunicación y brindar información precisa, conocido como Dable;

En lo tocante al tratamiento de pacientes, Corea del Sur utiliza estos sistemas:

  1. Seegene: acelera el diagnóstico hasta 2 semanas utilizando IA.

  2. Vuno: clasifica a los pacientes en 3 segundos mediante un examen de rayos X de pulmón a partir de técnicas de IA. Esto fue utilizado en centros de salud pública.

  3. Inspección JLK: permite examinar la enfermedad pulmonar en segundos usando IA.

  4. Ciudad de Daegu: investigación epidemiológica utilizando el centro de datos de la ciudad inteligente.

En este contexto, la Secretaría de Innovación de la Nación, a cargo de Micaela Sánchez Malcom, trabaja desde el comienzo de la cuarentena local en una plataforma online que permita al poder ejecutivo tomar mejores decisiones y, a la ciudadanía, saber dónde estamos parados.

Sin embargo, los días pasan y queda claro que nadie -ni el mismísimo ministro Ginés González García- sabe a ciencia cierta cuántos son los infectados en Argentina, ni cuántos los muertos por COVID-19, ni cómo se abrirá la cuarentena luego de Semana Santa.

Por un lado, diversas fuentes confidenciales aseguran que el equipo de trabajo de Malcom no cuenta con recursos humanos calificados, necesarios para crear soluciones tecnológicas como las enumeradas arriba. En este sentido, Gustavo Béliz, Secretario de Asuntos Estratégicos de la Nación, intenta meter mano en forma directa en el problema, pero Malcom responde a la Cámpora, no a él.

Por otro lado, expertos del sector tecnológico que asisten al gobierno afirman que Malcom no está a la altura de la crisis en materia de tecnología. Ejemplo palmario: luego de que el gobierno anunciara que los certificados para circular se unificaban en el portal de Trámites a Distancia de Nación (TAD), el sistema colapsó y el sitio no estuvo online.

Sánchez Malcom se paseó por todos los medios explicando que el problema es de demanda y ancho de banda, y aprovechó para criticar a ARSAT, que provee infraestructura al Estado. Los periodistas, con el blindaje mediático reinante, hicieron silencio. Sin embargo, la historia es bien distinta.

Fuentes directas de esa repartición afirman que apenas asumió la gestión actual, los tecnólogos aconsejaron que se modificara el software con el que trabajan en esta Secretaría. Pero la gente de Malcom no hizo caso. “Son jóvenes entusiastas, militantes, pero no entienden nada de tecnología” sostienen.

Quienes trabajan con desarrollos informáticos de alta demanda asesorando a otros gobiernos de la región, explican que, considerando que la cartera de Malcom trabaja con TAD, una plataforma para el público que puede sufrir picos de consultas, el tipo de programa que utilizan, de tipo On Premise, no es conveniente.

“Hoy los sistemas son elásticos o inelásticos, según qué clase de tecnología se usa. El TAD está hecho sobre una tecnología que no es elástica, y se ejecuta en los servidores locales. Por tanto, no se adapta al cambio” explican.

Lo que ocurre es que cuando hay un pico de demanda, un sistema On Premise colapsa. “No tiene nada que ver con el ancho de banda -asegura otro experto. En ese sentido, cuando señala a ARSAT, lo que Malcom afirma, técnicamente, es falso. La clave es que se trabaje en nubes o clusters virtuales para poder soportar la demanda en momentos de pico”.

Más allá de ahondar en cuestiones técnicas, es una herida a la democracia que nadie se permita cuestionar las decisiones que el gobierno toma. Otro tanto ocurre con el modo en que se tejen estrategias de desarrollo tecnológico en un escenario en el que, supuestamente, con la cuarentena “compramos tiempo” en palabras de Ginés.

Hace una semana, la empresa Wibson, una startup argentina que permite tener control de la privacidad en el celular, con una app, lanzó My Covid Risk, una plataforma digital que permite conocer el nivel de riesgo de contagio de los usuarios sobre la base de la geolocalización que Google registra de cada celular.

Ahora, Movistar y la Universidad de San Martín (UNSAM) hicieron oficial un acuerdo para desarrollar un mapa digital que muestra el flujo de personas en cuarentena, gracias a la geolocalización de los móviles. Y hay también, en danza, otras iniciativas privadas, pero el gobierno prefiere seguir por su camino en vez de generar sinergia. Resultado: aun hoy, y luego del fracaso de la primera aplicación oficial -lanzada como golpe de efecto, pero sin eficiencia- seguimos a tientas.

Incluso el ministro de salud se da el lujo de afirmar por televisión que “si hiciéramos más test, habría más contagiados”. Va quedando claro que, si la improvisación es una marca en el orillo de la dirigencia política argentina, han sumado en la pandemia una cuota de sadismo que permite que lo admitan abiertamente, porque las principales potencias tampoco saben qué hacer con el COVID-19 -un truco relativista en el que un pueblo bien formado nunca debería caer.

Al mismo tiempo, el escenario de “guerra contra un enemigo invisible” aviva el sentimiento chauvinista indispensable para apropiarse de los nudos centrales del discurso social. Eso, y un aparato de propaganda mantenido a pauta oficial, resulta un cóctel nada democrático. Bebiendo ese brebaje, los argentinos nos sumimos en una hipnosis peligrosa.

Solo intentando mantenernos lúcidos podemos comprender cabalmente la situación, sin asentir con genuflexión como el periodismo vernáculo en general. Después de todo, el tiempo que compramos encerrados sirve para intentar acondicionar un sistema de salud diezmado por la corrupción de décadas, cuya responsabilidad recae en los dirigentes que hoy ocupan cargos. Todos tienen varias decenas de carrera política encima.

Luego del encierro, pasada la Semana Santa, podremos salir de casa de nuevo, pero no hay garantías de que la curva se aplane. Ello se debe a la propia incapacidad de quienes toman decisiones, sin tecnología y no a lo tremendo de la pandemia que golpeó igualmente al resto del mundo. No es tiempo de relativismo ni de lavar culpas. Es tiempo de estar a la altura.

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