Ishii, emblema de los proveedores de votos mal habidos

En pocos segundos desnudó algunas de las peores prácticas de usufructo político de la pobreza: clientelismo, connivencia con el delito y prepotencia.

La viralización de un video furtivo expuso con crudeza el oscuro sistema de poder y negocios que impera en algunos de los distritos más pobres del conurbano bonaerense.

Con matices y a menor escala, el esquema se reproduce en otros conurbanos del país: Rosario, Santa Fe, Tucumán, Santiago del Estero y por supuesto Córdoba.

Mario “El Japonés” Ishii, el intendente perpetuo de José C. Paz, desnudó en pocos segundos algunas de las prácticas más abominables en ese universo de la marginalidad: la connivencia de la política y con el narco, el clientelismo y la prepotencia (el que no acata queda a la intemperie).

Tres caras de la misma corruptela, que tiraniza muchedumbres sumidas en la exclusión social crónica; en una pobreza irreversible que se tansmite, como herencia envenenada, de padres a hijos.

El clientelismo es un sistema de intercambio de favores por votos. Así se construye, escalón sobre escalón, la escalera del ascenso en la pirámide del poder.

Hay distintas jerarquías. El patrón último del territorio, en el Gran Buenos Aires, suele ser el intendente, que luego negocia su poder territorial con las instancias superiores de la política.

En la base coexisten varios actores. El historiador Jorge Ossona lo retrata en una interesante investigación, circunscripta al distrito de Lomas de Zamora –la cuna política de Eduardo Duhalde—, pero que se reproduce en otros baluartes electorales del Gran Buenos Aires.

Ossona cataloga a diferentes actores en cuyo accionar suele resultar muy difícil escindir política y delito: punteros, malandras, policías corruptos y hasta pastores evangélicos. Se vinculan a su vez en una red de economía ilegal, proveedora de “ocupación” a numerosos vecinos.

Sobresalen narcos, piratas del asfalto y comerciantes que gerencian desde las pequeñas ferias hasta estructuras de gran magnitud.

La Salada es el ejemplo emblemático. Uno de los CEOs de esa megasuperficie del comercio irregular, Jorge Castillo, llegó a integrar una misión gubernamental con el propósito de exportar su “modelo de precios bajos” a Angola, con el patrocinio de Guillermo Moreno.

El mismo protagonista resistiría después a los tiros a una comisión policial que intentaba detenerlo por orden de un juez. Fue a prisión. Tres años después, está libre.

Las influencias de estos primeros actores de la marginalidad tienen llegada a la Policía y aun a la Justicia, con la necesaria complicidad del poder. La típica protección mafiosa que inspiró tantas películas, aunque en este caso sin la sofisticación ni el glamour de Hollywood.

En esa pecera nadan con destreza los Ishii de la política.

Las conexiones, más o menos intermediadas, tienen terminales en el escenario mayor de la política. Algunos de sus protagonistas prefieren no averiguar demasiado, pero igual se sirven de estos proveedores de votos mal habidos. Que, por supuesto, también pagan con favores.

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