¿Golpe de estado? No, golpe de agenda

El golpe ya ocurrió. No fue (ni será) un “golpe de estado” como vaticinó en su “flash psicótico” Duhalde, ni un “golpe de palacio” donde fuerzas disidentes internas desplazarían al presidente.

Moby Dick, la ballena blanca de Herman Melville

 

Acá hubo otro golpe, un golpe de agenda. Ahora la agenda gubernamental está, definitivamente, en manos de Cristina. Si el presidente tenía otra y la resignó, o si piensa diferente a su vice, o si quiere independizarse o someterse, si se ve acorralado o se siente a gusto, son preguntas que no tienen valor ahora. ¿Por qué? Porque nadie lo sabe. ¿Qué desea realmente la persona que nos gobierna y qué haría si Cristina no estuviera detrás suyo? La respuesta puede ser conductista: dado que no conocemos el contenido de la caja negra, guiémonos por las conductas que produce, es decir, por lo observable. Y lo observable es que la película que estamos viendo no se llama Alberto 1 sino kirchnerismo 4.

 

¿Cómo lo sabemos?

En política, hay dos grandes operaciones matemáticas: sumar o dividir. Alberto Fernández fue elegido como el que venía a hacer lo primero, dado que la segunda operación, la de dividir, había mostrado agotamiento de resultados: desde 2011, la Argentina no crece. Cada lector desde lo ideológico puede pensar lo que le plazca, pero los datos económicos muestran que esa agenda “agonal” postró al país.

 

¿Y qué va quedando claro? Que Alberto, que venía a “unir a los argentinos”, ahora está dividiendo. ¿Quiere realmente hacerlo? ¿No quiere pero se lo imponen? Conductismo bíblico: por los frutos lo conoceréis. Y los frutos son que en la misma semana reeditó el conflicto unitarios y federales al volver a criticar a la ciudad de Buenos Aires por “opulenta” y poco solidaria, según insinuaron sus palabras. Y fustigó a la oposición que no quiere hacer una reforma de uno de los tres poderes del estado por Zoom.

 

“Confíen”, dijo el presidente en el día de la industria. Pero pocos días antes, en los 15 minutos finales de la sesión del Senado por la reforma judicial, se crearon 361 cargos nuevos de jueces, fiscales y defensores y en el interior hubo un festival de nuevas cámaras federales y juzgados para que los gobernadores se sientan comprometidos a incidir en sus diputados cuando se intente sancionar la ley.

 

¿Costo estimado de la reforma en tiempos de pandemia? 10 mil millones de pesos, el triple de lo que planeaba el proyecto original. ¿Es la prioridad? En diciembre, el 63 por ciento de los niños argentinos serán pobres, anticipó Unicef. “Confíen”, dijo el presidente, pero es difícil hacerlo cuando la historia demuestra que todo en el kirchnerismo resulta ser un caballo de Troya de cuya panza bajan infinidad de puestos en el estado, gran parte de ellos de fuerte militancia. Con honrosas excepciones, cada vez que se dijo “democratización”, “ampliación” o “diversificación”, en realidad fue colonización.

 

La película que estamos viendo no se llama Alberto 1 sino kirchnerismo 4.

 

Hay dos agendas, la que impone Cristina y la agenda de las necesidades reales de un país a que camina hacia el 50 por ciento de pobreza. Entre esas dos agendas, se va abriendo una distancia, un hueco. ¿Qué anida en ese espacio que crece? El malestar social y la sensación de ajenidad con la clase política que un sector de la población empieza a sentir.

A diferencia del escenario 2008-2015, cuando el kirchnerismo reinó en un país donde las tensiones ideológicas de sectores distintos estaban canalizados en los dos grandes espacios, en 2020 hay cada vez más gente desilusionada y con un sesgo antipolítico. Por fortuna, es aún minoritario, pero creciente.

 

Dicho de otra manera: hoy los postulados de Laclau y su esposa Chantal Mouffe sobre la política “agonal” y el conflicto como insumo necesario de la democracia al que no hay que temerle, podrían estar quedando viejos. Ya no estamos en esa Argentina donde todos estaban representados. ¿Cuál es el problema? Que el kirchnerismo no parece registrar el nuevo problema.

Estamos dentro de la novela Moby Dick, de Melville. Obsesionada en su ballena blanca –la Justicia o los medios-, Cristina va parada sobre el bote, arpón en mano, enceguecida de furia. Y sin ver que el mar se está picando.

 

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