Seguridad: cómo hacer un nuevo plan para que otra vez fracase

En los últimos 15 años, los robos crecieron el doble que la población argentina. Y las mismas recetas sin resultados se aplican una y otra vez.

Alberto Fernández, entre Néstor Kirchner y Gustavo Beliz, en 2003.

Atención, señoras y señores. Ahí están Alberto Fernández y Gustavo Béliz. Van pocos meses de mandato y están anunciando el plan estratégico de Seguridad y Justicia para los próximo cuatro años. Por allí cerca los acompañan Cristina Kirchner, Sergio Massa, Carlos Zannini, Oscar Parrilli, Daniel Scioli y Cafiero. Todos aplauden. No es lo que acaba de ocurrir este viernes 4 de septiembre de 2020 sino lo que sucedió el 20 de abril de 2004. Pasaron 16 años.

Alberto era jefe de Gabinete, Béliz, ministro de Justicia; Cristina, senadora; Massa, director de la Ansés; Zannini, secretario legal y técnico de la presidencia; Parrilli, secretario general; Scioli, vicepresidente y Cafiero (Juan Pablo, padre del jefe de gabinete actual, Santiago), el ministro de Seguridad bonaerense. El plan, presentado en un pomposo acto en el salón blanco de la Casa Rosada con todo el gabinete y casi todos los gobernadores presentes... jamás se puso en marcha. De todos los presentes aquella vez en el elenco del gobierno, sólo falta Néstor Kirchner.

El ex presidente había anunciado el ambicioso programa sólo tres semanas después de que la Plaza del Congreso explotara de gente reclamando por seguridad tras el asesinato de Axel Blumberg, un chico secuestrado en el GBA y fusilado en un descampado de Moreno. Había sido la mayor concentración por la inseguridad desde el regreso de la democracia.

Aquel 2004 terminaría con 386.916 robos y asaltos en toda la Argentina. El año pasado hubo 508.546. Un 31 por ciento más. En el mismo período, la población pasó de 38,5 millones de habitantes (2004) a 45 millones (2019), un 16 por ciento más.

Conclusión sencilla y contundente: en los últimos 15 años, los robos crecieron el doble que la población.

¿Qué vamos a hacer, ahora, con 4.000 gendarmes en el conurbano?

Un gendarme es alguien que descansa, come, atiende a su familia, vive su vida y se pone el uniforme para ir a trabajar. Cuatro mil son, en la realidad de la calle, 1.333 en cada turno de 8 horas.

Ahora bien, ¿qué va a cambiar con 1.300 gendarmes más en el gigantesco conurbano, si para la seguridad de un Boca-River en tiempos normales se ponen 1.500 policías sólo para cubrir la seguridad en los alrededores de una sola cancha?

En los 2.600 kilómetros cuadrados del Gran Buenos Aires, 1.300 gendarmes serán uno cada 2 kilómetros cuadrados. Uno para 400 manzanas. Ese es el refuerzo real y concreto que propone el nuevo plan para bajar la inseguridad en el conurbano. Si se trata de un "desembarco" de fuerzas federales, están desembarcando de un bote a remo. El refuerzo tendrá el efecto que puede tener un vaso de agua en una pileta olímpica.

En la política del parche tras parche, la seguridad nacional está ahora en manos de Sabina Frederic, una antropóloga que sostiene una cosa y la cambia por lo contrario en 48 horas. No es novedoso, tampoco. La seguridad de la Provincia de Buenos Aires ya estuvo en manos de un ingeniero agrónomo (Raúl Rivara) y de una maestra (Graciela Giannettasio), entre otros "especialistas".

Aquella reforma de Béliz de 2004 incluía una reforma judicial parecida a la que se pretende ahora -se unían y ampliaban juzgados del fuero federal- pero no prosperó porque no era una prioridad: el kirchnerismo acababa de asumir y no tenía entonces causas de corrupción abiertas contra sus funcionarios.

Todo fue frenado luego en la Secretaría Legal y Técnica que comandaba Zannini y Béliz fue eyectado del gobierno poco después, cuando Kirchner debió elegir entre él o Antonio "Jaime" Stiuso, y se quedó con el espía de su confianza que 10 años después terminaría echando Cristina.

Ahora se anuncia la "novedad" de la formación de 10.000 nuevos policías para la Provincia. Ya se hizo.

Daniel Scioli creó las policías locales y consiguió que en las calles se vieran más agentes, aunque la mayoría de ellos eran chicos de 20 años con boinas celestes –muchos vecinos los llamaron “los pitufos”– preparados en siete meses y sin disparar un arma.

Se abrieron escuelas de Policía en toda la Provincia y los egresados se multiplicaron como nunca antes. Los policías en la Provincia pasaron de 55.000 a 95.000 en apenas dos años, algo tan rigurosamente cierto como que el delito no retrocedió. No a niveles visibles, y los pitufos terminaron recorriendo playas en los operativos Sol de cada verano.

Siguió una gestión de Cristian Ritondo como ministro de María Eugenia Vidal signada por la crisis económica y la pobreza de recursos para repartir a los castigados municipios, a la par de una relación de desconfianza mutua con la entonces ministra nacional Patricia Bullrich. Aunque con menos estridencias que Frederic y Sergio Berni ahora, tampoco ellos se llevaban bien ni coincidían con las políticas de seguridad entre la Nación y la Provincia.

Antes, el gobierno de Cristina -con el ministro Aníbal Fernández a cargo- había dejado de publicar estadísticas oficiales en siete de los ocho años de su gobierno. De 2008 a 2015, el creador de la frase "no hay inseguridad, sino sensación" opinó que si la gente se enteraba de los delitos se "sentiría" más insegura y escondió todos los números.

Naturalmente, eso no evitó que los delitos siguieran aumentando.

Los gendarmes, las cámaras y los patrulleros van a volcarse de nuevo a un territorio donde crece la marginalidad y la pobreza ya alcanza al 40 por ciento de la población, un nido confortable donde suele empollar el narcotráfico. Ya dijo el intendente Mario Ishii (José C. Paz) que él debía cubrir a sus empleados municipales cuando repartían "falopa" en ambulancia. Mientras esa causa se investiga, apareció cocaína repartida en ambulancias de Morón.

En el medio siguen goteando vidas. La de Antonio Ventrice (64), jubilado asesinado por motochorros en La Matanza. O la de Edelmira Vidaurre (43), asesinada en Pilar por ladrones que le robaron la cartera. La de Mariano Figueroa (38), asesinado en Hurlingham para robarle la bicicleta; o la de Iván Jaras (29), fusilado de un tiro en la nuca mientras trabajaba como remisero, durante un robo en Laferrere.

Todos estaban vivos hace un mes. Trabajaban, hacían la cuarentena, cuidaban a los suyos. Escaparon al coronavirus pero no a los ladrones que los mataron por botines irrisorios.

El Presidente anuncia ahora el "nuevo plan" de seguridad y le dice al país: "Puede ser que mis palabras disuadan a alguien de seguir cometiendo delitos". La historia reciente indica que no funciona así.

Alberto Fernández parecía pensar en voz alta mientras ofrecía el mismo remedio para la misma enfermedad, preocupación esencial en las encuestas de la sociedad argentina de los últimos 30 años. Es un remedio vencido.

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